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Cristina se expuso con lo que dijo, pero más aún con lo que “no” dijo, al mismo tiempo que enfrenta sus horas más oscuras

Por Jorge Grispo. Abogado, especialista en Derecho Corporativo, autor de numerosos libros y publicaciones.

El índice de inflación que alanzó en marzo el 6,7% el más alto de los últimos 20 años, no pude ser ensombrecido pese a la nueva “actuación” de la vicepresidenta. La de ayer, como todas sus apariciones públicas, fue producto de una calculada estrategia previamente elaborada donde se cuidan hasta los más mínimos detalles (incluso el acompañamiento de su fotógrafo personal y los aplaudidores de siempre) para maximizar la expansión del relato.
Cristina se expuso con lo que dijo, pero más aún con lo que “no” dijo, al mismo tiempo que enfrenta sus horas más oscuras. Viene de perder 5,2 millones de votos, el control absoluto que tenía en la Cámara de Senadores, que primero funcionó como una escribanía del Instituto Patria, para dar paso a una nueva composición, más amplia y confrontativa, al mismo tiempo que en la Cámara de Diputados se achicaron las diferencias, lo que genera de por sí, un sano equilibrio democrático. Además, se lo rompió el “joystick” de la Casa Rosada y la Corte se hace cargo del Consejo de la Magistratura. Si en 2019 algo le podía ir mal, la realidad indica que le fue peor. El gobierno del que intenta despegarse no logra solucionar los problemas, solo los empeora.
Esta vez fue la asamblea de EuroLat el escenario elegido por la máxima responsable del peor gobierno de la historia democrática argentina, para sacar los trapos sucios al sol, en un foro de por sí inapropiado para la discusión política interna de nuestra nación, un detalle que a Cristina pareciera no importarle demasiado, más allá de enmascarar sus mensajes en clave de “geopolítica internacional”. La conocemos, es predecible y no nos decepcionó. La vicepresidenta ya nos ha dado sobradas muestras de que los problemas de la gente común, el laburante de a pie, no ocupan los primeros lugares de sus preocupaciones, que hoy están en el Consejo de la Magistratura, Comodoro Py y la Corte. Esa trilogía marca el norte de todo lo que hace y dice, como su soliloquio en la Asamblea de EuroLatam. La inflación puede seguir esperando. El respecto por las instituciones democráticas también.
Si, tengo un punto de coincidencia con los señalamientos de la vicepresidenta, hablar de una república “sin” estado es un disparate, pero con un matiz que me aleja de su forma de concebir el estado: Un estado bobo, inflamado, descontrolado, que gasta más de lo que puede, donde se hace política partidaria repartiendo cajas y empleos públicos como si fuera una empresa propiedad privada de los caciques de turno, es tan aberrante como lo ausencia misma del estado en su concepción moderna. La discusión pasa entonces por el tamaño del estado (nacional, provincial y municipal) y no por su presencia o ausencia. Pero esta cuestión no es el objeto de estas líneas que se centran en señalar que todo lo que dijo Cristina no hizo más que demostrarnos, una vez más, cuáles son sus verdaderas preocupaciones. Esa “trilogía” macabra que en su concepción componen el Consejo de la Magistratura, los tribunales Federales de Comodoro Py y la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Lo que más fuerte crítica evidencia lo que más teme.
No debemos dejar de lado la chicana y la falta ética que implica ensañarse con una persona que ya ha dejado este mundo (el Juez Claudio Bonadío). Es una cuestión que nos marca hasta qué punto influyen los odios personales en las conductas de quien se siente una estadista, pero hoy, no es más que la Reina Polenta, co-responsable de una escalada inflacionaria que no hace más que erosionar el bolsillo de las más necesitados, que son, casualmente, el sector de la población que constituye el núcleo duro de sus votantes, una curiosidad que deberá ser analizada en profundidad por los sociólogos.
Todo lo que dijo la vicepresidenta en tono de “estadista”, traje que ya le ha comenzado a quedar grande hace rato, si tenemos en cuenta el estado de la economía nacional y el desastre que es el gobierno del Frente de Todos, han erosionado sus pretensiones de futuro y hacen presagiar su ocaso político, mal que le pese a la propia tropa. El humor social se encuentra en el peor momento del “cristinismo”. Su entenado en el Sillón de Rivadavia, por ahora, cortó las cadenas del yugo mientras el índice de inflación que se dio a conocer también en el día de ayer (no es casualidad de la vicepresidenta hablara un rato antes de ese dato fundamental de la economía nacional), dejando herido de muerte el proyecto político de lo que una vez fue el Frente de Todos.
El soliloquio de Cristina no nos dejó nada nuevo, previsible, tuvo gusto a poco Más de lo mismo. Se escucharon con mayor vigor las veladas críticas a su entenado, Alberto Fernández, cuando señalo “Que te pongan una banda y que te den bastón no significa que tengas poder”, en un mensaje que debe ser interpretado en tono de advertencia para el presidente que ella misma eligió como máximo representante de su espacio político. Lo que antes fue un éxito electoral, hoy es el inicio de las horas más oscuras de la ex dueña de 5,2 millones de votos y del poder absoluto. Cristina, con Alberto, se pegó un tiro en el pie. Ahora no puede correr del tsunami que se aproxima (6,7% de inflación).
El “mensaje” impostado de la vicepresidenta se ve opacado por los propios privilegios que ella recibe del estado, viviendo una vida de lujo y riquezas muy difícil de explicar para quien la mayor parte de su vida adulta (llegando ya a las 7 décadas) vivió del erario público. Sólo con la jubilación millonaria que percibe, más todos los beneficios propios del cargo que ocupa, le permiten darse el lujo de preocuparse a qué hora cierra una reconocida heladería, en lugar de los problemas reales de la gente. Son las consecuencias del “cinismo” propio de una persona que solo se preocupa por sus propios asuntos, que hoy pasan, centralmente por el Poder Judicial -su principal enemigo-.

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27 septiembre 2022

 

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