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Golpe de efecto: Cristina deja al presidente «Grogui» y al oficialismo en estado de descomposición

Un acto que tuvo al Club del Helicóptero sobrevolando la zona mientras Martín Guzmán hacía pública su renuncia por Twitter

Por Jorge Grispo. Abogado, especialista en Derecho Corporativo, autor de numerosos libros y publicaciones.

“Golpe de efecto” (1996), novela del prolífico autor Harlan Coben, trata sobre una estrella del tenis que va a reaparecer y está dispuesta a olvidar su pasado. Es una novela que tiene los ingredientes necesarios para atrapar al lector aburrido un sábado por la tarde. La verdad es a veces mortal. Venganzas, odios y duelos protagonizan la trama, al igual que el divorcio del dúo Pimpinela que se comportan como chicos que se pelean en público por el juego de la lapicera. Hicieron dos actos para conmemorar lo mismo. El de Alberto fue un discurso intranscendente. Vacío de contenido, donde sólo ensayó una tibia objeción a “su” vice. Lo grave fue que los laderos del presidente tuvieron que rogar a los capos sindicales que no suspendieran el acto, hecho que hubiera aventado el regreso anticipado del club del helicóptero. Hubo algunas presencias de peso que fueron sólo para sostenerlo, ya que ven la otra opción mucho más peligrosa para sus propios intereses. 

En el acto de Cristina, el primer telonero, Mario Secco, Intendente de Ensenada dedicó unas palabras iniciales para Eve de Bonafini quien dijo hace pocas horas del presidente: “Alberto Fernández abre su propia fosa y ahí se va a caer”, marcando el tono cuasi destituyente del acto sabatino. Secco también formuló un duro señalamiento diciendo que educo con los que le enseñaron a no traicionar y que “algunos no aprendieron nada” en otra clara referencia al mandatario, agregando: ¿Cuántos pudieron poner un presidente? ensalzando a Cristina la vez que empujaba, simbólicamente, al presidente dentro de la fosa que Bonafini se ocupó de abrir antes. A poco de tomar la palabra Cristina dejó en claro su intención: “Yo no persuadía con palabras, porque las palabras poco persuaden. Yo persuadía a la gente con hechos y con ejemplos” en alusión a una frase de Perón, a la vez que volvió de manera previsible a reiterarse en el juego de la lapicera que pareciera por estas horas estar jugando con un Alberto Fernández cada vez más enterrado en la fosa que sus “compañeros” le están cavando. El grotesco llego cuando se refirió a “garganta poderosa”, en clara referencia al furcio de un presidente del que ya todos se ríen en público y pocos aún respetan más no sea por su investidura.

Llamativa y arteramente, en pleno soliloquio de Cristina Martín Guzmán hizo pública su renuncia por Twitter afirmando que “sus conceptos no habían logrado entusiasmar a otros miembros del Gobierno”, en un movimiento que termina de sellar la suerte de Alberto Fernández. La renuncia twittera llego en pleno discurso, lo que deja a Cristina como responsable del último empujón y a la vez le roba la centralidad que pretendía conseguir con su nuevo “show”. Guzmán se despidió con bombos y platillos. Las consecuencias empezarán a sentirse el lunes por la mañana apenas se conozca la cotización inicial del dólar, el destino de los bonos argentinos y el riesgo país. 

Argentina gobernada por el Frente de Todos se ha convertido en una montaña rusa de sensaciones. En los últimos quince días pudimos observar cómo Cristina salió al ruedo para el estreno de la serie Operativo Clamor, con un raid que tuvo un nuevo episodio este sábado. La primera observación es que estamos mucho peor que hace dos semanas. Se disparó el dólar, el riego país sigue subiendo, se incrementa la falta de gasoil, y en el país del cepo a todo, no hay casi nada. Se suman las medidas tomadas por el Banco Central, que restringen las importaciones generando faltantes de todo tipo (incluyendo medicamentos). En el medio de esta enajenación cotidiana Alberto Fernández se queda más solo que nunca y cercado por sus propios compañeros de la coalición oficialista Las consecuencias de esta locura se verán agravadas con el devenir de los próximos días. Cristina ha puesto en jaque su futuro inmediato, junto con al resto de los argentinos. Tensó tanto la cuerda que está por romperse. 

Cristina se ha empeñado en demostrar que es ella quien tiene el poder y lo ejerce. Su estrategia pasa por encolumnar al peronismo tras sus pasos quitándole al “traidor” sus muletas de apoyo: los gobernadores, intendentes y capos sindicales que son su “blanco”, así, no solo consigue incrementar sus posibilidades de volver como presidenta, sino que aísla aún más al presidente quien luce apartado de la gestión, alejado de sus ministros -ni siquiera se hace presente en las reuniones de Gabinete- y ahora sin Martín Guzmán el último de los mohicanos. Alberto está más solo que nunca. Sabe que para Cristina él es un traidor. No hay vuelta atrás en una relación quebrada, tanto que la única forma que encontró el presidente de ponerse a resguardo fue dejar que trascienda que está escribiendo sus memorias donde prometería hablar de todo.

El operativo clamor de Cristina equivale a pegarse un tiro en el pie. La primera gota de sangre fue la renuncia de Guzmán mientras ella se empalagaba con su propia diatriba. Horadando al presidente se perjudica a sí misma. Cristina impuso a Alberto en el “trono”, son su responsabilidad las consecuencias. El presidente tiene por delante un camino muy complejo. Le queda 1 año, 5 meses, y 7 días. Tremendo desafío para un mandatario devaluado, al que propios y ajenos critican ferozmente y que hoy tiene en su lapicera la posibilidad de escribir un renunciamiento que le devuelva a la propia Cristina parte de todo lo que le dio en los últimos tiempos.  Su impronta de “pato criollo procrastinador” lo ha dejado al borde del precipicio, solo y a la deriva. ¿Alguien estará dispuesto a tenderle una soga? La respuesta, como siempre, la tendremos con el correr de los días. 

La salida de Guzmán transformó a la Casa Rosada en la Casa Arrasada. La que asestó los golpes que debilitaron al presidente fue Cristina. Una vicepresidenta que no funciona, enfocada ahora en lo que pretende sea su camino de regreso triunfal en 2023, -ahora con más dudas que antes por el terremoto que provocó la dimisión twittera de Guzmán- en parte por necesidad y en parte alentada por las recientes victorias de la izquierda en Chile y Colombia, más la casi segura de Lula en Brasil, lo que, además, le permitiría añorar el regreso de la segunda temporada de Patria Grande. Lectura por cierto equivocada, porque los que perdieron las últimas nueve elecciones en América fueron los oficialismos, con independencia de su ideología. El electorado castigó los malos gobiernos y el del Frente de Todos se lleva las cucardas en ese rubro. 

El desequilibrio institucional que se potencia entre los ataques de Cristina y la renuncia del ex Ministro de Economía, hacen que el equilibrio económico-social penda de un hilo condicionando nuestro futuro. La buena noticia es que tenemos un futuro incierto. La mala sería directamente decir que no tenemos futuro. La inflación va a seguir haciendo de las suyas. Hay una ola expansiva de indignación social que significa para la ciudadanía ver como se siguen erosionando sus ya menguados ingresos a consecuencia de la impericia para resolver los problemas para los que fue votado el Frente de Todos. Seguir a la deriva, sin un rumbo y peleados, es tan torpe como suicida. El resultado solo puede ser malo, al mismo tiempo que aumenta la indignación de la sociedad que se continúa cocinando, pacíficamente por ahora, a fuego lento, pero ya está a punto de hervir. 

El oficialismo, en estado de descomposición, construye de esta manera su próxima derrota. La retirada de Guzmán es una bala de dos cabezas. Una directo a la frente de Alberto y otra al corazón de Cristina. Ambos están ahora mucho peor que ayer. Uno al borde de su renunciamiento y la otra a punto de tener que hacerse cargo del fierro caliente que significa esta ignominia nacional y popular. El enfrentamiento entre Cristina y Alberto no hace más que profundizar la crisis en la que vivimos todos los argentinos. Aprendimos a convivir con la incertidumbre permanente por lo que va a suceder mañana, como si estuviéramos en un estado mental de abducción constante, lo que nos habla de la falta de legitimidad de quienes siguen pensando únicamente en la próxima elección, en lugar de las próximas generaciones. Para Alberto Fernández, que enfrenta sus últimos (¿525?) días de mandato, le sería muy útil recordar un pensamiento de Winston Churchill: “El problema de nuestra época es que los hombres no quieren ser útiles, sino importantes”.

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27 septiembre 2022

 

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