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NOTAS DE OPINIÓN

El Gobierno en modo reconfiguración marcha del populismo hacia la pérdida de gobernabilidad

El Frente de Todos se asemeja más a una riña de gallos que a una coalición unida y enfocada en solucionar los problemas para los que fueron votados.

Por Jorge Grispo. Abogado, especialista en Derecho Corporativo, autor de numerosos libros y publicaciones

Bajo el nombre de la Paradoja de Tocqueville se conoce el fenómeno por el cual a medida que mejoran las condiciones y oportunidades sociales de una población, su frustración social crece aún más rápidamente. Por ejemplo, después de lograr una mejor justicia social, puede haber oposiciones y reclamos todavía más fervientes por injusticias sociales más pequeñas que las anteriores y que previamente hubieran sido consideradas irrelevantes. En Argentina el grave problema que tenemos actualmente es el fenómeno que denominamos el “POPULISMO DE TOCQUEVILLE” por el cual a mayor asistencia social y subsidios que se generan desde el gobierno, mayores son también los reclamos sociales. No significa desatender las demandas legítimas, pero sí dejar atrás el clientelismo político, algo que para los gobiernos populista significa atentar contra sí mismos. Se genera así un efecto devastador sobre toda la sociedad, presa de un nuevo caos social, como el de los reclamos populares que vimos en vivo y en directo en los últimos días. 

Cristina conoce mejor que nadie los mecanismos populistas de distribución de los recursos de “todos”. También sabe como administrarlos en beneficio propio y entiende las consecuencias de cortar ese círculo vicioso. No por nada su «base» de sustentación política es la que más beneficios del estado recibe. Pero es la que, de cara a los ajustes que se vienen, serán también más los afectados, ocasionándole un problema muy difícil de resolver que da fundamento al distanciamiento que intenta la “Reina Polenta” de su propio gobierno. Con un presidente sin credibilidad y desgastado antes de su tiempo nos encontramos navegando rumbo a un conflicto social de proporciones que generará más de una discusión en la desmoronada coalición de gobierno. El acampe en la “9 de Julio” es uno de los tantos síntomas de la protesta social que se está gestando a nivel nacional. Piden más porque lo que les dan no alcanza. Es el Populismo de Tocqueville en funcionamiento, donde haga lo que haga el gobierno es exiguo. La inflación se devora a todos, incluso a Cristina. 

Mientras los reclamos sociales comienzan a “explotar” la clase dirigente disimula sus grandes contradicciones a la hora de justificar los privilegios de los que gozan (dietas y jubilaciones millonarias, entre muchos), al mismo tiempo que la pobreza no para de causar estragos en la población más vulnerable. Los argentinos estamos cansados de tanta explicación y de tan pocos resultados. Llevamos décadas cuesta abajo. Ya nos explicaron de todo mientras nos prometían un futuro mejor que nunca llegó. La soberbia de un sector mayoritario de la clase dirigente, les impide ver en lo que se han convertido, y lo que el ciudadano de a pie siente. Hartazgo e indignación reflejan, el sentir de nuestra sociedad, atrapada en el fango de las discusiones de temas que solo importan a los de “arriba”, quienes tienen la responsabilidad de servir a su pueblo, pero que se han acostumbrado a servirse de él. Ínterin inventan “humo mediático” para tapar la realidad, como las declaraciones de Béliz de esta semana, la “terapia” de grupo del presidente o la foto sonriente de su compañera en la tapa de una revista haciendo alarde de lo que una inmensa mayoría de argentinos sumidos en la pobreza carece. Tan inoportuno como torpe. 

Nunca antes en la historia argentina llegamos a la situación del hartazgo social actual. A diferencia de la época del “que se vayan todos”, el fastidio de la sociedad hoy es enorme pero silente aún (la pandemia tiene algo que ver en todo esto). Estamos cansados, agobiados y podridos de una clase dirigente que se mira en el espejo a la mañana y solo puede ver su ombligo, salvo honrosas excepciones, que lamentablemente son muy pocas. No se trata de descalificar a las autoridades, sino que éstas entiendan que no hacen más que llevarnos por el camino del fracaso. Cada gobierno es peor que su antecesor, ese es el promedio de nuestra historia. El futuro luce cuanto menos preocupante. Para colmo el Frente de Todos, que tiene la responsabilidad de gobernar el país hasta el 10 de diciembre de 2023, se asemeja más a una riña de gallos que a una coalición unida y enfocada en solucionar los problemas para los que fueron votados. Su grieta interna da vergüenza ajena. 

La crisis actual es muy profunda, tanto que Argentina hoy es una tierra “narco”, pero desde el Estado no se enfrenta ese drama con la seriedad que merece un flagelo que poco a poco va penetrando cada día más en nuestro entramado social, para colmo la pobreza es su mayor caldo de cultivo. Ni que decir de la educación. Sarmiento debe revolcarse en su tumba a consecuencia de la decadencia del sistema educativo argentino que hipoteca el futuro nacional y popular, donde unos maestros siguen un criterio, otros hacen lo que pueden, mientras algunos dan sus clases en lenguaje inclusivo y otros ni siquiera pisan las aulas pero conservan el estatus de “maestro”. Baradel es un claro ejemplo de lo que nos pasa, para unos pocos es un “gran” dirigente, para la gran mayoría uno de los principales responsables del deterioro del sistema educativo. Sin educación no tenemos proyecto de país que sea viable. Debería ser la prioridad de todos los gobiernos. 

La crisis política actual no se arregla con más relato y redoblando apuestas con recetas que ya fracasaron varias veces en el pasado (el sincericidio de Feletti por ejemplo: “Milagros no hago). La clase dirigente sólo genera con sus actitudes día a día un mayor rechazo de los de “abajo”, de los que sólo tenemos el derecho a votar una vez cada dos años y pagar impuestos todos los meses. Aquellos que se sienten legitimados para actuar en la política deben entender que es para servir a la nación y no para servirse de ella. La política hoy es “propiedad” de unos pocos. Los ciudadanos comunes estamos cada vez más lejos, ya sea por hartazgo, cansancio o indiferencia, de ese lugar tan preciado por el que los “elegidos” se pelan la piel no sólo para llegar, sino para sostenerse en el tiempo. Se alteró por completo la discusión de los temas trascendentales que nos permitan salir del fondo del pozo, quedamos en el lugar de meros espectadores de las rencillas de la “casta”, con el resultado, nada alentador, de que el futuro y la solución de los problemas deja de ser el centro del debate para ocuparlo, por caso, el divorcio del dúo Pimpinela (Cristina vs. Alberto). Cuando el centro del debate es un tuit de Cristina es claro que perdimos el rumbo. 

Al referirnos a clase o casta política, términos que hoy se han hecho habituales, queda claro que lo hacemos con cierto recelo o descrédito por quienes la conforman, fundado principalmente en que fuimos, por décadas víctimas de sus mentiras, engaños y promesas reiteradamente incumplidas. También los vemos cambiar de “camiseta” sin sonrojarse. Pasan de criticar duramente a ser socios en poco tiempo. Alberto Fernández es un claro ejemplo. Hay muchos más. Gracias al poder multiplicador de las redes sociales, nueva herramienta de flagelo público, mal que le pese a Béliz, los políticos se ven más expuestos que nunca, tanto en sus errores, como en sus desmanejos y abusos. Lo que parecieran linchamientos públicos por las redes sociales, son en realidad demostraciones exhaservadas de la indignación que generan las actitudes impunes de los dirigentes.

Mientras nuestro presidente aludía a John Lennon en un claro pedido de clemencia a su jefa política: “Hagamos terapia de grupo y démosle una oportunidad de diálogo”, con la realidad que nos azota a diario y 17 millones de pobres me queda la sensación que ninguna frase expresa mejor el sentir popular que la dicha por José de San Martín: “Robar es un delito, pero arruinar al País es traicionar a la Patria”.

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27 septiembre 2022

 

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