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El impensado legado que nos dejará la presidencia de Alberto Fernández

El cambio de diseño de la moneda nacional resume todo el gobierno de Alberto Fernández en un solo acto tan intrascendente como innecesario.

Por Jorge Grispo. Abogado, especialista en Derecho Corporativo, autor de numerosos libros y publicaciones.

Alberto Fernández será recordado como uno, sino el peor, presidente de la democracia argentina. Todo su gobierno es una sucesión de actos inconexos, carentes de un criterio marcado por el rumbo que se debió fijar el 10 de diciembre de 2019. El cambio de diseño de la moneda nacional resume todo el gobierno de Alberto Fernández en un solo acto tan intrascendente como innecesario. Un presidente que no se va a callar más es uno que antes se calló y mucho. Con el gobierno partido en dos partes desiguales, una más fuerte que la otra, el presidente enfrenta en lo inmediato unos meses demasiados complicados, que sin dudas pondrán en jaque su resiliencia. Desgastado y sin credibilidad su futuro luce incierto. 

Si el mandato constitucional se cumple, el 10 de diciembre de 2023, el presidente Alberto Fernández entregará los atributos del mando a quien resulte electo, por la voluntad popular, como su sucesor. Le quedan exactamente 560 días. Dieciocho meses en los cuáles Fernández deberá caminar por la cuerda y sin red de contención. Más allá de sortear los constantes tropiezos consigo mismo en los que incurre con preocupante frecuencia, tanto la economía como la política interna lucen como obstáculos en una carrera de saltos cada vez más altos para un presidente agotado antes de su tiempo y sin sustento propio. Ya se lo dijo el cuervo Larroque en la cara: “Fue jefe de campaña de un espacio que sacó 4 puntos en la Provincia de Buenos Aires”, y es lo que todos repiten a sus espaldas, tanto los propios como los ajenos. 

Cuando Alberto Fernández salga de la Casa Rosada, dejará tras sus pasos dos legados muy importantes e impensados. El primero es haber consumido gran parte del capital político de Cristina relegándola a un lugar secundario en la política nacional. El segundo la enorme bomba de tiempo en que se ha convertido la economía, que deberá desarmar quien lo suceda en el cargo. Sin dudas nos dejará un país mucho peor que el que encontró en 10 de diciembre de 2019. Podría parecer prematuro analizar su legado faltando 18 meses para que se cumpla su mandato constitucional, pero, en las circunstancias actuales no lo es. Navegamos hacia una tormenta. Esperemos no terminar en el fondo del océano como el Andrea Gail (la embarcación hundida sobre la cual se basó el film: “Una tormenta perfecta”). 

Una primera cuestión que marca “el cambio de época” es qué ya están organizando las provincias un adelantamiento cuasi masivo de las elecciones locales. Nadie quiere quedar pegado a los comicios presidenciales. En política esto no es un hecho menor. Es la sentencia de defunción anticipada que escriben “los compañeros”, como una carta de despedida. Nadie se puede dar el gusto de regalar una ventaja a sus “adversarios” (como dijo Balbín al despedir los restos del Gral. Perón, hablar de enemigos como lo hizo el presidente es tan inapropiado como equivocado). Alberto hoy está más solo que nunca. 

Otra cuestión a considerar, en el largo camino del adiós, es la discusión sobre la boleta única. Todo un desafío para una debilitada vicepresidenta quién ve en primera fila como su poder político se le escurre entre las manos. Seguramente intente sorprendernos con los artilugios a que nos tiene acostumbrados, el último fue cuando le sacaron el banquito en el Consejo en la Magistratura al senador Luis Juez, pero de poco le sirvió. Horacio Rosatti ya tomó posesión en el consejo y está haciendo su trabajo, ese al que tanto le teme Cristina Kirchner, quizás su mayor preocupación, entre tantas. La discusión por la “boleta única” pone en jaque anticipado el liderazgo de la vicepresidenta quien cerca de cumplir 7 décadas luce agotada.

La tercera cuestión es el manejo del gasto público. Tanto la mayor cantidad de empleados públicos que están contratando a “mansalva” -con un doble objetivo, contener la disconformidad de los feligreses y asegurarse un caudal adicional de votos en 2023-, como el mayor reclamo de los sectores sociales por más recursos, que sumados llegan a la friolera suma de 3,2 “billones” (o sea el 4,3% del PBI), una suma similar a la que destinó el gobierno para atender los efectos de la pandemia, imponen una fuerte presión al presidente Fernández quién, a su vez, intenta hacer equilibrio entre cumplir las metas del acuerdo con el FMI para que no termine de explotar la economía y que los sectores sociales no “tomen” la calle en protesta por sus reclamos, lo que podría anticipar el colapso del gobierno antes de su tiempo por no poder contener el clima social. 

Cada nueva aparición del presidente Fernández produce un doble efecto, lo debilita aún más y al mismo tiempo erosiona el ya menguado poder de Cristina, colocándola en una posición tan incómoda como “novedosa”. Es un juego de perder-perder, donde lo que se pierden son “votos”, malgré el disgusto cada vez mayor de la vicepresidenta con su ex entenado. La sociedad argentina se encuentra indignada con la dirigencia política, en particular con el gobierno -tiene la lógica de que fueron votados para solucionar los problemas y no, como sucedió, para agravarlos- que se encuentra ocupado en sus rencillas palaciegas internas en lugar de “gobernar”. La “fiesta de Olivos” y la salida del presidente con “dinero” son hechos que marcan una época y a un gobierno. El daño autoinflingido, primero con la foto, y luego con la “platita”, dejaron su marca en la población, y seguirán al presidente adonde quiera que su destino lo lleve. Pero también impactaron sobre Cristina, en el resultado electoral de 2021 y tendrán efectos colaterales en 2023. Todo lo que hace Alberto debilita a Cristina. 

Lo anterior me lleva al primer legado que nos dejará el presidente Fernández cuando se aleje de la Casa Rosada, una Cristina marchita en su ocaso, y diferente a la que el 18 de mayo de 2019 lo impulsó como candidato a Presidente de la Nación. La septuagenaria dirigente no tiene más remedio que replegarse en la provincia de Buenos Aires, buscar una banca como senadora y los fueros necesarios para quedar a salvo de sus “enemigos” de Comodoro Py. Una candidatura a presidenta sería un salto al vacío sin red de contención. Se equivocó de hombre, lo sabe y está arrepentida. Enojada. En privado dice todo lo que aún no se anima a decir en público. Alberto terminó siendo el escorpión de Cristina, que en su plan de jubilarla, se terminará jubilando junto a ella. La diferencia es que Alberto se podrá ir a Puerto Madero con Dylan a tocar la guitarra tranquilo. En cambio Cristina deberá, derrotada, seguir batallando. No se puede dar el lujo de bajar los brazos. Su libertad está en juego. 

El segundo legado que nos dejará el presidente Fernández será una economía destrozada. Una bomba de tiempo muy difícil de desarmar. Los primeros cuatro meses del año dan en promedio una inflación mensual de 5,3% (superando incluso los guarismos de 2002 y 1991). Para el mes en curso todo parece indicar que también estaremos en 5% o más de inflación (suba de combustibles, colegios, expensas, etc.). De junio en adelante vienen los aumentos de las tarifas de los servicios públicos, más nuevas y cada vez recurrentes negociaciones salariales por los atrasos que produce mes a mes el espiral inflacionario, lo que nos permite avizorar un primer semestre con una inflación similar a la actual, y un segundo muy comprometido. Demasiado. El asalariado literalmente “quema” sus pesos estoqueando insumos no perecederos, mate, yerba, y otros de consumo básico. El Banco Central sigue imprimiendo pesos devaluados para sostener el gasto público. La dirigencia política (a la que nada de todo esto pareciera importarle) sigue dilapidando los recursos públicos, contratando más personal y otorgando paritarias llamativamente altas (la provincia de Buenos Aires es un claro ejemplo por la importancia que tiene en el proyecto político de Cristina Kirchner). Es llamativo que cuanto más pobre es el Estado, mayor es su gasto. La lógica del loco. Harry Browne fue escritor, político y analista de mercado que se presentó como candidato a Presidente de los Estados Unidos en 1996 y 2000 por el partido Libertario (¿les suena conocido?) con un cliché de campaña: El gobierno es muy bueno en una cosa. Te rompe las piernas para darte una muleta y decirte: ¿Ves? Sin nuestra ayuda no andarías.” Sin perjuicio de que a estas alturas es más una frase para sobrecito de azúcar, no por ello pierde actualidad. El presidente que suceda a Fernández, quien quiera que sea, tendrá por delante una tarea titánica y un dilema trascendental para el futuro de todos los argentinos: gobernar para ganar la próxima elección o hacerlo para las próximas generaciones.

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27 septiembre 2022

 

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