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Javier Milei y una transformación democrática histórica: ¿Cómo podemos avanzar si insistimos con la pregunta equivocada?

En el cruce de desafíos y esperanzas, el voto argentino ha delineado un camino de ajuste, estabilidad y cultura del trabajo. Nos encontramos ante el desafío de superar la dicotomía entre oposición y gobierno, reconociendo que la crítica constructiva es un derecho, pero entorpecer es una afrenta a nuestras instituciones.

Por Jorge Grispo.

En medio de la nebulosa de incertidumbre y las expectativas que envuelven la inminente llegada del primer presidente libertario a la Casa Rosada en Argentina, surge la oportunidad de sumergirse en una reflexión impregnada de filosofía y drama. Es ineludible evocar una sentencia que, como eco atemporal, resuena con intensidad: «No preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por tu país» (John F. Kennedy, 1961). Estas palabras, perdurando a través del tiempo, adquieren una resonancia excepcional en el contexto actual de nuestra nación, a escasos días de la investidura del nuevo líder elegido por el veredicto popular.

En los últimos días, el vaivén vertiginoso de las luchas de poder, con sus triunfos y derrotas, ha acaparado los titulares, tejiendo una trama frenética que nos sumerge en el intrigante universo del armado de un nuevo gobierno. En este juego de tensiones, donde la ambición por ocupar los puestos clave se despliega como una danza intensa, debemos recordar que es un proceso inherente a la democracia. La vorágine política, llena de intereses entrelazados, es, de hecho, un signo saludable de participación ciudadana.

En el epicentro de este torbellino se encuentra Javier Milei, protagonista designado por el voto popular para definir el equipo que liderará en apenas siete días. Mientras tanto, desde la oposición, la exigencia constante de mayores recursos del Estado añade un toque de suspense a la ecuación, generando una tensión premonitoria que plantea la pregunta equivocada: ¿qué hace el Estado por cada uno de nosotros?

En este cuadragésimo aniversario de la restauración de la vida democrática, como habitantes de una tierra marcada por una historia rica en pasión y lucha por la justicia, nos enfrentamos a una encrucijada. Aunque celebramos la democracia, no podemos ignorar la arraigada inclinación en nuestra idiosincrasia de buscar respuestas en el «estado paterno», esperando soluciones nacionales en lugar de reflexionar sobre nuestras contribuciones individuales.

Hemos caído en una dinámica en la que la esencia de la cultura del trabajo se diluye, y depositamos en el Estado la responsabilidad de resolver problemas individuales. Esta desviación, una secuela perniciosa de décadas de populismo servil, revela un patrón donde el Estado se convierte en un mero instrumento de beneficio para aquellos en la cúspide del poder. En este contexto, nos enfrentamos no solo a la configuración de un nuevo gobierno, sino a la urgencia de replantearnos nuestro papel como ciudadanos y la verdadera naturaleza de nuestra sociedad.

Esta dinámica ha pervivido a lo largo de los años, y es imperativo replantearnos nuestra actitud. ¿Cómo podemos avanzar como sociedad si persistimos en formular la interrogante equivocada? Más que preguntarnos qué puede hacer el nuevo presidente por nosotros, deberíamos indagar en qué medida podemos contribuir para forjar una Argentina más robusta y próspera. Nos hallamos en un país fracturado por décadas de desastrosa administración de los recursos estatales: se gastó más allá de los límites, se emitió moneda sin restricciones y las arcas públicas fueron expoliadas de manera vergonzosa. Ahora nos enfrentamos a una moneda devaluada y a un país al borde del colapso, con consecuencias palpables como la suspensión de intervenciones quirúrgicas programadas por la escasez de insumos, entre otras calamidades que padecemos.

En el actual escenario, los desafíos que afronta la realidad argentina se manifiestan como colosales: una crisis económica avasalladora, desigualdades sociales marcadas y tensiones políticas palpables. No obstante, en lugar de sumirnos en lamentos, resulta imperativo reconocer nuestra capacidad para gestar cambios a través de nuestras acciones diarias. La célebre frase de Kennedy nos insta a comprender que la responsabilidad de edificar una nación mejor no recae únicamente en los líderes, sino también en cada ciudadano.

En este cuadragésimo aniversario de la recuperación de la democracia, es el momento de despojarnos de expectativas pasivas y abrazar un papel activo en la forja de nuestro porvenir. En lugar de preguntarnos qué podemos esperar del nuevo presidente, cambiemos el enfoque y cuestionémonos qué contribuciones individuales podemos aportar. La transformación de Argentina no solo estará sujeta a decisiones gubernamentales, sino a la suma de esfuerzos individuales. Sigamos el llamado de Kennedy y escribamos la historia no solo como observadores, sino como protagonistas activos de un país destinado a brillar con luz propia.

El próximo 10 de diciembre, Javier Milei enfrentará una tarea titánica al asumir la presidencia: revelar la cruda realidad de la nación sin artificios en su discurso inaugural. En este acto de trascendencia crucial, se espera que Milei arroje luz sobre dos cuestiones fundamentales: cómo recibe el país y qué podemos anticipar de su gobierno. Es momento de despojar a la realidad argentina de las máscaras y encarar los desafíos con la verdad, recordando que el cambio real se gesta no solo en las altas esferas del poder, sino en la acción colectiva de todos los ciudadanos comprometidos.

Esta revelación trasciende la mera presentación de datos; constituye un llamado a la conciencia nacional, una invitación a la reflexión filosófica acerca de nuestra identidad como sociedad y la dirección que elegimos para nuestro camino colectivo. Al pronunciar estas palabras, Milei no solo compartirá información económica y política, sino que nos exhortará a una introspección profunda, recordándonos la importancia, según las palabras de Kennedy, de no preguntar qué puede hacer el país por nosotros, sino qué podemos hacer nosotros por el país.

No obstante, el éxito de este llamado a la acción no recae únicamente en el presidente entrante. La «casta» política, sindical y planera enfrenta la responsabilidad de no obstaculizar la labor de aquel elegido por la voluntad popular. Aquellos que vaticinaron disturbios y expresaron deseos de desestabilización deben abandonar su postura disruptiva y aceptar la democracia como el fundamento de nuestra sociedad.

Nos encontramos ante el desafío de superar la dicotomía entre oposición y gobierno, reconociendo que la crítica constructiva es un derecho, pero entorpecer es una afrenta a nuestras instituciones. Esta transición no solo requiere ajustes económicos, sino también una transformación cultural. Los fiscales de la Nación deben permanecer vigilantes ante cualquier conducta que amenace la legalidad, recordándonos que el respeto por nuestras instituciones es la base de una sociedad democrática. En este momento crucial, se nos exige un compromiso colectivo para forjar un futuro donde la participación ciudadana y el respeto por las reglas del juego democrático prevalezcan sobre la discordia y la desconfianza.

En su voto, los argentinos expresaron un claro deseo de ajuste, estabilidad económica, seguridad y una arraigada cultura del trabajo. No obstante, estos anhelos solo cobrarán vida si creamos las condiciones propicias para una nueva democracia, donde el diálogo y el pensamiento divergente no nos transformen en enemigos, sino en ciudadanos comprometidos con el bien común, respetando siempre los límites de la legalidad en la defensa de nuestros intereses. Ha llegado el momento de evolucionar como sociedad y dar paso a una Argentina donde la capacidad de debatir y pensar de manera diferente sea la esencia misma de nuestra democracia.

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