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Mientras Cristina se enfrenta a su ocaso, Massa piensa en un futuro presidenciable pese a lo que enfrenta

La historia argentina actual es la suma de todas las cosas que hubieran podido evitarse.

Por Jorge Grispo. Abogado, especialista en Derecho Corporativo, autor de numerosos libros y publicaciones

Un gallo para Esculapio” (2017) es una magnífica serie dramática argentina que trata la historia de un joven del interior que por diversas circunstancias termina enredado al jefe de una banda de piratas del asfalto. En alguna medida todo lo sucedido en torno a la figura de Sergio Massa es una saga reversionada en tono peronista de la trama de esa gran producción argentina protagonizada por Peter Lanzani y Luis Brandoni. ¿Qué significado tiene la frase “un gallo para Esculapio? Una de las hipótesis más fuertes a lo largo de los años afirma que se trató de una ironía: Esculapio es el dios de la Medicina. Sócrates, en su morada final, entendía la muerte como una cura definitiva a todos los males. Entonces, darle un gallo a Esculapio era una manera de agradecer por adelantado «la curación». 

«Critón, debemos un gallo a Esculapio, no te olvides de pagar esta deuda«, fueron las palabras que pronunció Sócrates antes de morir. ¿Le debe Cristina un gallo a Massa? Es muy pronto para afirmarlo, pero no para pensarlo como hipótesis si analizamos la coincidencia temporal que se presenta entre su arribo al gabinete nacional y todo lo que escuchamos esta semana en el alegato del fiscal Lucciani que puso en revisión la aclamada frase de la vicepresidenta: “La historia ya me absolvió”, además de vincular a Máximo de manera directa con hechos de corrupción. Hoy la están juzgando. Si bien son circunstancias diferentes pueden ser la cara y el revés de una misma moneda. El futuro de la vicepresidenta luce, cuanto menos, oscuro en lo judicial y en lo electoral. El tiempo nos dirá si Cristina le debe un gallo a Sergio. 

Sin duda estamos presenciando un cambio de era. Son nuevos momentos que vienen para sustituir a los viejos. La asunción del ministro de economía tuvo aires de cambio de mando. Alberto Fernández, incluso desde su gestualidad, cumplió su parte, tomó el juramento y dejó la escena para que la nueva figura de la política nacional haga lo suyo. En su libro Cristina y la historia, Camila Perochena recuerda que el 4 de junio de 2014 la presidenta explicaba frente a jóvenes militantes que contaban y agitaban banderas: El peronismo necesita repensarse a sí mismo. Todos necesitamos cambiar, porque lo que no cambia, el agua que no corre, el río que se estanca, se pudre y se convierte en algo inerte”. La Argentina de Cristina y Alberto se ha convertido, tristemente, en un país donde la calle es el dormitorio de cientos de miles de argentinos que no tienen un techo donde cobijarse, al mismo tiempo que el flagelo del narcotráfico no para de crecer frente a un estado que se muestra indiferente. 

Con este contexto -un cambio de mando frente al rotundo fracaso del gobierno de “los” Fernández-, los argumentos del fiscal acusador cobran una centralidad antes inimaginable, en un juicio histórico, que deja a Cristina en una posición de suma debilidad política. De otra manera jamás hubiera aceptado la llegada del tigrense al gabinete Nacional. Para que se entienda la importancia de esta cuestión, una de las afirmaciones del fiscal Luciani seguramente quedarán grabadas en la memoria nacional y popular por mucho tiempo: “Néstor y Cristina instalaron una de las matrices más extraordinarias de corrupción”, Poniendo en blanco y negro la existencia de un “mecanismo” para esquilmar al estado y por ende a todos los argentinos. Por esas cosas del destino Sergio Massa es hoy la cura para los males de Cristina. La gran pregunta es si la convaleciente ¿se dejará curar?

El fiscal Luciani viene precedido de pergaminos muy importantes (obtuvo las condenas, entre otros de Armando Gostaian -íntimo de Carlos Menem-, del juez federal Carlos Liporace en una causa por coimas -Curtiembres Yoma-, traficantes muy peligrosos vinculados a carteles mexicanos, entre sus más relevantes batallas judiciales. Cristina Kirchner se enfrenta -aunque su mix de puesta en escena y ausencias durante las audiencias públicas intentaron mostrar lo contrario- a su ocaso: una sentencia judicial que la condene. ¿Va a ir presa? Probablemente no, entre apelaciones y los tiempos habituales en este tipo de juicios, ya habrá cumplido en febrero próximo siete décadas de vida, un salvoconducto humanitario que junto a sus tan preciados fueros le aseguran seguir en libertad. 

Por más que la vicepresidenta y sus acólitos intenten convertir el juicio en curso y su probable condena posterior en un acto de proscripción política, los hechos de la forma que fueron descriptos por el acusador, son precisos, claros y contundentes. La imagen del Ing. López lanzando bolsos repletos de dólares sobre los muros de un convento, con una ametralladora en el piso, no tienen retorno. Tampoco se explica lógicamente el crecimiento patrimonial de Lázaro Báez, que sería una de las personas usadas como vehículo para canalizar el mecanismo de exacción pública más grande de nuestra historia. Ni el patrimonio que se le descubrió al fallecido Daniel Muñoz, ex secretario del también extinto Néstor Kirchner. La misma Cristina tiene una vida de lujo muy difícil de explicar. Los ejemplos siguen los conocemos muy bien. 

Pero lo más trascendente de todo lo alegado por el fiscal Luciani es la contundencia que imponen el peso de las pruebas existentes en la causa, que vincularían directamente a la vicepresidenta con la matriz de corrupción objeto de la investigación penal. La relación directa, su firma en los decretos que beneficiarían a los demás implicados, y, por sobre todo, el conocimiento que habría tenido -directo e indirecto- del mecanismo de exacción de los fondos públicos es de una fuerza condenatoria sin parangón. La vicepresidenta se enfrentó esta semana y lo hará en las siguientes a una grave acusación. Estuvo cara a cara (pantalla mediante) con su acusador quien la expuso de manera categórica, diciendo con vehemencia todo lo que ella no quería que se volviera a escuchar.

A lo anterior se suma el rotundo fracaso de Alberto Fernández, a quien el traje de presidente siempre le quedó grande. Ahora es el turno de Massa, que se da en parte por el fracaso de Alberto y en parte por el declive que comenzó a transitar la vicepresidenta producto del cambio de era y empujada por sus malas decisiones y su propio ego. Una caída tan evidente como previsible que encuentra al “nuevo” ministro en el lugar correcto, a la hora indicada, y con toda la ambición de ir por más. Los acontecimientos suelen mostrarse frente al revisionismo histórico como una sucesión de hechos que se van explicando unos como la consecuencia de los otros. Lo que hoy nos pudiera parecer, desde la visión contemporánea, como una casualidad del destino, no lo es. Cristina viene, hace tiempo, cavando su propia fosa. Ahora el pozo se hizo tan profundo que corre el peligro de quedar atrapada en él. 

La coincidencia temporal de la llegada de Sergio Massa al gabinete nacional y el inicio de los alegatos en la causa que tiene a Cristina Kirchner sentada en el banquillo de los acusados no podría haber resultado más favorable para los intereses del ex intendente de Tigre, convirtiendo al Fiscal Luciani en un involuntario aliado. En efecto a Cristina no le queda más “remedio” que ocupar gran parte de su tiempo en cuidar su estrategia de defensa en el juicio donde se la juzga por actos de corrupción, como en llevar adelante una campaña de desprestigio tanto contra la justicia como poder del estado, como contra sus acusadores y juzgadores, para lavar su imagen frente a la feligresía -cada vez menor- que aún cree en ella. 

Desacreditarlos importa victimizarse frente a la sociedad, una especie de premio consuelo en la hipótesis de que fuera condenada. En cambio para el nuevo superministro esa batalla de Cristina es su mejor “espinaca” (hablando de superpoderes), ya que al mismo tiempo que la mantiene ocupada, una posible condena la debilitaría aún más, dejando el camino libre para quien siente que si logra capear la tormenta perfecta que debe enfrentar, queda en las puertas de una candidatura presidencial, y en base a cómo sean sus resultados en lo económico, incluso con alguna chance de llegar al sillón de Rivadavia. La apuesta de Massa es a todo o nada, subestimarlo podría constituir un grave error de cálculo. Cristina con Sergio compró tiempo y seguir en el poder. Sergio con Cristina compró poder y la chance de llegar a la presidencia de la nación. Como dijo Néstor Kirchner, en una frase que hoy bien podría aplicarse plenamente al ex presidente de la Cámara de Diputados: “No pasarán a la historia aquellos que especulen, sino los que más se la jueguen”. Massa fue por todo o nada.

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27 septiembre 2022

 

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