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NOTAS DE OPINIÓN

Tiempo de descuento para un presidente acorralado por las circunstancias

Los datos de la economía no revelan insatisfacción del mercado sino la inviabilidad de las políticas del gobierno y la “bronca” del pueblo.

Por Jorge Grispo. Abogado, especialista en Derecho Corporativo, autor de numerosos libros y publicaciones.

Tiempo de Descuento, cortometraje en tono de comedia negra (1997), protagonizada por Peter Capusotto, narra la historia de un secuestrado, fanático de Racing, al que sus captores están a punto de ejecutar, en pleno partido final dónde el club de sus amores se juega el campeonato. Los secuestradores insólitamente terminan todos muertos y el rehén se salva. El cortometraje dura 8 minutos. Vale la pena verlo. Deja varias enseñanzas sobre las consecuencias del “fanatismo”. La parodia nacional y popular que vivimos, protagonizada por el dúo Pimpinela (Alberto y Cristina) contiene varios puntos de encuentro, en particular un fanatismo exacerbado que coloca de rehén a la sociedad a punta de “incertidumbre”, donde todo es llevado al extremo, incluso del ridículo, más interesados en la próxima elección que en la solución concreta de los problemas para los que fueron votados. Como dijo Voltaire: “Cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro, la enfermedad es incurable”.

El vodevíl criollo que terminó con la designación de Silvina Batakis al frente del Ministerio de Economía, quien “ya” pareciera tener los días contados a juzgar por el nulo apoyo “cristinista que tuvieron sus primeras medidas-, posee las características de una comedia negra que se “cocinó” de último momento. Hubo tres grandes perdedores: Alberto y Massa que se quedaron con las manos vacías. Y Cristina quien tuvo que agarrar el fierro caliente que la terminará quemando en 2023 o incluso antes. Se vivieron horas frenéticas que concluyeron como era previsible, Alberto corrido al asiento trasero del auto y Cristina agarrando el volante, las llaves y todo lo que encontró a su paso. Sin dudas la salida de Guzmán la obligó a colocarse justo donde “no” quería estar, al frente de los problemas y a la vista de todos. Un lugar incómodo, en un momento complejo, y sin las herramientas necesarias para encontrar una salida, carencia que por cierto se debe a las propias creencias que rozan el fanatismo exasperado y errado de la vicepresidenta en “sus” dogmas que ya fracasaron reiteradamente. Cree que entiende de economía. La realidad indica que no tiene idea. 

Alberto, sin reacción frente a los problemas, se muestra incoherente respecto de la realidad e incapaz para solucionarlos al mismo tiempo que irrita a propios y ajenos. Por caso esta semana “celebró” una repavimentación en Berazategui ¿nadie le explica qué hace el ridículo? El método “Alberto” fue y es la procrastinación. En palabras de un querido amigo: “Los resultados están a la vista. Los datos de la economía no revelan insatisfacción del mercado sino inviabilidad del gobierno. Las cosas como son”. El presidente solo intenta aguantar y no quedar en la historia como uno de los mandatarios que se tuvieron que ir antes de su fecha de vencimiento. En la pulseada con Cristina perdió estrepitosamente. Quedó claro quién manda y quién obedece. Los carpetazos públicos de Cristina -que de seguro en la próxima pelea serán públicos- tuvieron sus efectos en privado. 

La “tregua” es solo una pausa, que por estas horas luce frágil por el poco (o nulo) apoyo de la vicepresidenta a las recetas económicas de Batakis. Alberto solo pudo mantener la lapicera, ya no tendrá la potestad de mover la mano -si es que alguna vez la tuvo-, funcionando como presidente “testimonial” del ala dura del Frente de Todos que terminó de imponerse. Primero se dijo que solo le quedaba una mesa ratona, para juntarse con los pocos funcionarios que aún le respondían Luego siguió la “mesita de luz”. Hoy está de mudanza al fogón de afuera. Acorralado por las circunstancias no tuvo más remedio que sentarse en la mesa de Cristina, donde es invitado junto a Sergio Massa, cubiertas por un manto de secretismo que deja entrever claramente que Cristina pretende morigerar para si misma las consecuencias de lo que será un previsible estallido de la economía nacional y popular. 

El gobierno del “cepo a todo” ha generado con las recetas económicas -impopulares y poco efectivas- una mayor indignación en la sociedad, que aún se muestra paciente ante sus desaguisados, a pesar de los primeros síntomas de racionamiento en algunos productos básicos. Sabemos por experiencia que la paciencia en algún momento se acaba. Las últimas apariciones públicas del presidente, las confusiones de nombres, sus respuestas y sobre todo sus lagunas y olvidos, lo asemejan al extinto presidente De La Rúa en su peor momento. Semejanzas que se encuentran presentes en la memoria colectiva de todos los argentinos, pero que, además, tienen fuertes consecuencias en la mala imagen que posee el presidente. En el contexto actual, el rey se quedó desnudo, lo que llevó a que Cristina quede visiblemente al mando del gobierno. Su intención de pararse en la vereda de enfrente quedó atrás, sabe que su futuro mediato está en juego.

Las proyecciones inflacionarias se están acercando peligrosamente a los tres dígitos. El dólar no afloja y el riesgo país sigue trepando con destino a las nubes, mientras la deuda pública supera los 328 mil millones de pesos. La dueña del poder y de los votos sabe que las elecciones se ganan con las heladeras llenas, esas mismas que hoy están vacías. No por nada el mote de “Reina Polenta” sigue vigente. Cristina no es ajena a los problemas, es la causante, ya que la crisis económica es una consecuencia de la crisis política y la falta de gobernabilidad de un gobierno que está navegando una de sus peores tormentas a la deriva, mientras los tripulantes se pelean en la cubierta. El desprecio por el presidente no tiene retorno. Atravesamos una crisis económica y política de proporciones. Batakis solo fue designada por descarte, nunca fue ni la primera, ni la segunda… ni la quinta opción. Su nombramiento fue seguido de una suba de “todo”. Un dato no menor: cuando Alberto Fernández asumió la presidencia el 10 de diciembre de 2019 el dólar cotizaba a $ 65,25 para la compra y $ 69,25 para la venta, mientras que el dólar oficial, en promedio, cotizaba a $ 57,91 para la compra y $ 62,91 para la venta. Todo lo que siguió ya lo conocemos, interín los argentinos, avezados en este tipo de crisis, esperan un espiral inflacionario y una devaluación, que a esta altura parecería inevitable. 

En estas circunstancias ¿debe seguir el presidente en su cargo? La respuesta es sí, por supuesto. Pero, siempre hay un pero, no debemos perder de vista que los votos que lo llevaron a la presidencia no son “propios”, son de Cristina (ya lo dejó en claro el Cuervo Larroque cuando dijo: el presidente sacó sólo 4 puntos cuando compitió sin Cristina Kirchner). Luego vino la monstruosidad del gobierno del Frente de Todos, donde “lotearon” y repartieron las cajas públicas y en los Ministerios el “uno” respondía a una facción y el “dos” a otra, generando lo que tenemos ahora, un gobierno desarticulado que no funciona, con funcionarios que no funcionan, incluida la vicepresidenta que se jacta de ser lo que hoy ya no es. A punto de cumplir siete décadas de vida, y con la piel bien curtida en la arena política, a quedado devaluada al conurbano bonaerense, en el resto del país, ya es parte de la historia. Lo sabe, pero va a dar una batalla feroz porque aún no pudo encontrar una salida a su principal problema: las causas judiciales que la persiguen. La llamativa a inaceptable intrusión en las oficinas del Consejo de la Magistratura son una clara señal de alerta institucional, como una alarma en ciertos sectores oscuros de la sociedad que lucen más que preocupados por el destino de una era prebendaria que se acerca a su final. Alberto, sin votos, relegado a presidente testimonial, carece en la actualidad de la legitimación de ejercicio -esa que la propia Cristina señaló en uno de sus repetidos soliloquios- necesaria para ocupar el sillón de Rivadavia. Es un presidente sin poder, corrido al costado, y carente de credibilidad, que terminó claudicando frente a su jefa política. El país está en manos de Cristina. Alberto pasó a ser poco más que una figura decorativa, sólo útil para la foto. Lamentable, pero real. Y, por cierto Cristina se ocupó de acorralarlo, intimidándolo con carpetazos públicos de los que todos hablan, pero nadie se anima a contar por ahora. El único responsable de seguir ocupando un puesto para el que no está ni estuvo preparado es el propio Alberto. El tiempo de descuento para dos fanáticos como Cristina y Alberto está corriendo. Deberían recordar las palabras de Winston Churchill: “Un fanático es alguien que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema”.

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27 septiembre 2022

 

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