
¿Puede una sociedad anónima ser considerada consumidor?
Por Facundo Manuel Alvez.
La Cámara de Apelaciones en lo Civil y Comercial de Azul resolvió que debe considerarse a una sociedad anónima como “consumidora” en su relación con la concesionaria y fabricante por los desperfectos que tenía la camioneta que había comprado.
En el marco de las relaciones de consumo no siempre resulta fácil evaluar cuando estamos frente a un consumidor y cuando no pues, en ocasiones, suelen presentarse fronteras no muy precisas.
Un interesante fallo de la Cámara de Apelaciones en lo Civil y Comercial de Azul nos obliga, nuevamente, a volver sobre el análisis de uno de los pilares fundamentales del Derecho del Consumo: el concepto de consumidor.
En el fallo “Ingeniería y Ejecución de Proyectos S.A. c. Roas SACIF y otro/a s/ Daños y perj. Incump. Contractual (Exc. Estado)”, el actor había adquirido un vehículo para ser utilizado en el ámbito empresarial, familiar y personal por dos socios de la empresa, los que eran cónyuges y no tenían un vehículo particular para trasladarse.
Posteriormente, el vehículo habría presentado problemas mecánicos dentro del plazo de garantía y, al acudir a la concesionaria, esta no la reparo satisfactoriamente, por lo que la sociedad le reclamo la sustitución por un vehículo 0km igual o de similares características y, que responda por los daños y perjuicios.
Por su parte, la empresa entendió que debía aplicarse el régimen tuitivo de la Ley de Defensa del Consumidor a la cuestión.
El juez de primera instancia señalo que, la actora es una sociedad anónima y que adquirió el bien para aplicarlo a un fin comercial o lucrativo de su objeto social, y que por ello no puede descartarse su uso profesional, no siendo posible la aplicación de la Ley de Defensa del Consumidor. La empresa no conforme con la decisión apelo el fallo.
En su apelación, la actora hizo hincapié en el artículo 2 de la Ley de Defensa del Consumidor alegando que, una persona jurídica puede ser considerada consumidora, cuando “…en el marco de una relación exista debilidad estructural concebida en términos de profesionalidad o falta de idoneidad técnica; la adquisición o utilización del bien o servicio constituye un valor de uso que no se incorpora directamente a la cadena de producción; el “dimensionamiento” empresarial entre proveedor y adquirente o usuario permite predicar que existe un desequilibro que amerita la tutela del plexo consumeril”.
Más allá de los argumentos traídos por la sociedad, el Tribunal procedió con suma premura a la hora de analizar la cuestión, ello con el objetivo de no desvirtuar los fines del microsistema de la ley del consumidor.
A partir de la exposición de los hechos, el Tribunal analizó el concepto de consumidor (art. 1 Ley 24.240) y se planteó los siguientes interrogantes: ¿Existe una vulnerabilidad o debilidad del sujeto pasible de protección? ¿Cuál fue el destino que se les dio a los bienes?
Con el objetivo de resolver las interrogantes planteadas, los jueces establecieron que las personas jurídicas pueden presentar la misma fragilidad económica, jurídica, técnica o informativa que un consumidor; cuestión que se manifiesta a su vez en la falta de dominio de la prestación característica del contrato.
A la hora de decidir, el tribunal evaluó que se trataba de una sociedad de familia con un bajo capital social. Asimismo, hizo énfasis en que ninguno de los socios poseía un vehículo particular y, además, estos eran las únicas personas legalmente autorizadas para conducir la Ford Ranger, lo que demostraba el destino de uso personal, familiar o social para el que era utilizado.
Además, los peritos habían determinado que el vehículo en cuestión se encontraba en perfectas condiciones, no era utilizado para trasladar personal de la firma y, no ostentaba abolladuras o rayaduras en el sector de cargas de la camioneta.
Así, del panorama fáctico y jurídico expuesto, los magistrados señalaron que los cónyuges y socios habían utilizado el vehículo con fines mixtos, tanto comerciales como personales, lo que habilitaba la aplicación de la normativa de defensa del consumidor.

Alquileres: El Congreso no debate la ley y continúan los problemas para los inquilinos
Luego de rimbombantes trascendidos de parte del Gobierno Nacional, el Congreso Nacional demora el debate de la ley de alquileres y los inquilinos continúan teniendo problemas por la falta de oferta y celebran contratos fuera de la ley.
A partir de la sanción de la Ley 27.551 denominada nueva “ley de alquileres” por sustituir al régimen anterior del Código Civil y Comercial de la Nación, sus modificaciones de las reglas para las locaciones habitacionales generaron efectos contrarios a los esperados y profundizaron la crisis habitacional.
Dentro de los cambios más controvertidos se encuentran la actualización anual de los precios estará conformada en igual medida por el Índice de Precios que publica el Banco Central de la República Argentina (BCRA) y el deber de informar a la Administración Federal de Ingresos Públicos de la Nación (AFIP) sobre la existencia del contrato.
Al establecer el sistema de actualización, se abandonó el principio de libertad de contratación, por el cual las partes son libres para celebrar un contrato y determinar su contenido, dentro de los límites de la moral y las buenas costumbres, lo que desalentó la oferta de viviendas y agudizó la crisis.
Otro punto que afectó el negocio y retiró propiedades del mercado es la obligatoriedad de denunciar ante la AFIP el contrato y la obligatoriedad de la instancia de mediación prejudicial frente a la necesidad de iniciar un juicio de desalojo o cobro.
De esta forma, la “nueva ley de alquileres” terminó en la insólita situación de ser una norma que no sirve, y que casi nadie cumple; los inquilinos y propietarios alquilan sin contrato o establecen condiciones básicas aplicando otras figuras similares como el comodato, en este último caso garantizando el pago mensual con el libramiento de cheques o pagarés en garantía del pago acordado.
Ante la inestabilidad habitacional, desde ambos lados de la relación, se convienen alquileres temporarios, o a plazo fijo con aumentos fuera de la norma de manera trimestral o semestral, o bien el pago en dólares a fin de atenuar los efectos del fenómeno inflacionario; en resumidas cuentas, una ley que nadie cumple y que insólitamente aún no se ha derogado legalmente, pero que tiene bajo índice de acatamiento.
En cuanto a las políticas sociales previstas por esta misma norma, poco y nada se sabe, o acaso ¿alguien ha podido acceder a alguna medida del denominado Programa Nacional de Alquiler Social?
Tan solo en el ámbito de la Ciudad de Buenos Aires, existe una pequeña línea de créditos “blandos” para mudanzas, de no tan fácil acceso por sus requisitos burocráticos.
En conclusión, el régimen de alquileres que está próximo a cumplir dos años de vigencia, ha afectado por igual a propietarios como a inquilinos, generado un desequilibrio total en el mercado de viviendas, desalentando la inversión en compra ventas con destino de alquiler y motivado prácticas evasivas por fuera de la ley y ajena a sus propias finalidades.
En este contexto, el Congreso Nacional demora el debate de la situación, y mientras desde el Gobierno Nacional trascendió que la cartera de economía avanzaría en el sentido de modificar la ley, las medidas no se han concretado. Por el lado de la oposición reclaman la derogación total y el regreso al régimen del Código Civil y Comercial, lo cual sería la medida más conveniente.

Alberto un presidente ausente de la gestión e indigente de poder
¿Tregua o una simple pausa? La suerte ya está echada.
Por Jorge Grispo. Abogado, especialista en Derecho Corporativo, autor de numerosos libros y publicaciones.
Toda historia tiene un final, pero en algunos casos ¿es mejor cualquier final que ninguno? No hay duda alguna de que para la preservación de la institucionalidad de la nación el mejor final de un gobierno es el que la Constitución Nacional dispone, en nuestro caso, el 10 de diciembre de 2023, fecha en la cual Alberto Fernández deberá entregar los atributos de mando a quien sea que lo suceda (hoy la hipótesis de su reelección quedó en el cajón de los recuerdos). Los acontecimientos generados por la impericia del gobierno son de corto aliento. Se suceden unos tras otros, quedando rápidamente en el olvido de una semana para la otra, convirtiendo a la nación en un país tóxico donde lo único permanente es la incertidumbre de lo que va a pasar mañana.
En este escenario, el nuevo stand up de la Excelentísima Vicepresidenta de la Nación resultó tan predecible como aburrido. Empeñada en demostrar que el poder es ella y lo ejerce como mejor le parezca según las circunstancias, acometió en esta oportunidad contra Martín Guzman. Pero no nos confundamos, lo que algunos entendieron como signos de una tregua entre la vicepresidenta y el ya agotado Alberto Fernández, es una simple pausa. Cristina se ocupó de dejar bien en claro que tiene toda la artillería necesaria para poner y sacar ministros a su antojo, en lo que bien puede entenderse como una advertencia directa a quien “okupa” el sillón de Rivadavia cuando dijo “No voy a revolear a ningún ministro, quédense todos tranquilos”, puso en claro que si quiere lo puede hacer. Tan obvio cómo amenazante para un presidente que sometido a su voluntad fue empujado hasta el borde del precipicio. Ahora puso “pausa”. Solo eso. Nada más.
Estamos presenciando una descomposición de la realidad donde cada semana esa putrefacción se agiganta un poco más. Un presidente procrastinador para la toma de decisiones es perseguido permanentemente por una realidad que cambia a un ritmo vertiginoso. Dicho en otras palabras estamos observando la puja entre un gobierno lento y desarticulado peleando contra una realidad cruda y veloz. La tortuga jamás podrá alcanzar a la liebre. La vorágine en la que vivimos nos deja un contexto social complejo para ser enfrentado por el actual gobierno a consecuencia de su propia desunión y pujas internas. Es como el boxeador que sale al ring y se tiene que pelear al mismo tiempo contra su rival y con su propio banco. Imposible ganar un combate en esas condiciones. Mucho menos la guerra contra la inflación en la que todos los argentinos perdemos.
La desnudez de poder del presidente quedó evidenciada esta semana, donde abrumó con su silencio, solo interrumpido para “leernos” un discurso en Tucumán, sin apartarse ni una sola letra de lo previamente establecido. La indigencia de poder de Alberto no debe ser analizada sólo desde la mirada de sus propios hechos, sino desde el conjunto tanto de su actuación personal como la de su propia coalición, donde lo han tratado de “mequetrefe y ocupa “(Fernanda Vallejos), “el que trajo al borracho que se lo lleve” (Sergio Berni), o más grave desde una mirada institucional: “Se abrazaron a Guzmán, los dejó tirados y ahí está Cristina poniendo la cara otra vez para sacar esto adelante” (Máximo Kirchner). Son tres ejemplos entre muchos. Todos los sectores de su espacio han horadado la imagen del presidente, además de que el propio Alberto Fernández no deja de tropezarse consigo mismo, autogenerándose una inestabilidad que bien podría haberse evitado, sino fuera por la desorientación que evidencia en todo su accionar. Hoy, acorralado por Cristina, pareciera haber tirado los guantes. Sabe que perdió la pelea. Una que nunca pudo ganar.
Las conductas patológicas del gobierno, en particular las de Cristina y Alberto, nos llevan a tener, por ejemplo, una Ministra de Economía que no tiene el volumen necesario para soportar el peso de los problemas que deberá enfrentar. Considerando sus antecedentes y contemplando el contexto político actual, las fallidas declaraciones en punto a que “el derecho a viajar colisiona o tensiona con el derecho a la generación de puestos de trabajo” constituyen una muestra de la falta de “porte” para enfrentar los desafíos del cargo que aceptó. Desde el momento en que juró, puso en marcha el cronómetro de su propia renuncia. El drama es que en ese “ínterin”, los problemas se seguirán agravando (inflación, dólar, falta de insumos, entre muchos más). Por cierto, debemos remarcar que son conductas patológicas a lo cual los ciudadanos nos hemos sometido con llamativa docilidad desde el largo encierro que la cuarentena de Alberto nos impuso.
La cronoterapia invertida que intenta Alberto, aguantar y que pase el tiempo, es algo que jamás debería haber sucedido. Se ve agravada por un presidente ausente de la gestión, más allá de sus intentos por mostrarse en control del gobierno, algo que ya todos sabemos no sucede, por más imposturas que intente en sus discursos o apariciones públicas, provocando una situación de ansiedad generalizada y expectativa en la sociedad que se terminaron canalizando en una pregunta tan oportuna como criteriosa de la periodista Di Lenarda a la bocera oficial: ¿El presidente está en control o el enfrentamiento continúa mientras los argentinos siguen esperando que va a pasar con el futuro de todos? Ni el presidente está en control, ni la Excelentísima Vicepresidenta dio una tregua. Estamos presenciando solo una “pausa”, una especie de corredor humanitario que Cristina le dejó abierto al presidente para que no se mude al departamento de Puerto Madero y siga durmiendo en la quinta de Olivos, en ambos lugares en su calidad e inquilino temporal.
Todo el “padecimiento” que vive el presidente es consecuencia inmediata y está condicionado por su propio espacio político, que ya no lo quiere, lo desprecia y lo culpa anticipadamente por lo que suponen será una dura derrota electoral en 2023, peor aún que la sufrida en 2021, a consecuencia del agravamiento diario que soporta una sociedad que se siente a la deriva y sin “control del volante” de los que tienen la responsabilidad de dirigir los destinos de la nación. En ese contexto cualquier final no es deseable. Es obligación de los que nos dirigen buscar el mejor final. Alberto y Cristina rompieron para siempre. Uno es un “traidor” y la otra es la “loca”. En esas condiciones la traición y los ataques solo eran una cuestión de tiempo.
Llegamos así a la decantación de una situación política y social que si bien le dio al Presidente Fernández su acceso al cargo, lo dejan sin respuesta a la situación traumática que estamos viviendo por estos días, colisionando la legitimidad de origen (las urnas) con la legitimidad de ejercicio (el acto de gobernar en sí mismo), por cierto ya reconocido por la propia Cristina Kirchner cuando hizo publicó un mensaje en Twitter en el que afirmó: un gobierno puede ser “legítimo de origen y no de gestión”. La obediencia actual (casi debida) del presidente hacia Cristina le traslada a ella las consecuencias del desastre nacional y popular en que se ha convertido el gobierno del Frente de Todos y por ende la carencia de esa legitimidad de gestión que la propia vicepresidenta cuestionó en su momento.
El país de Alberto y Cristina es uno peor de lo que era. En Argentina el precio del dólar es un claro termómetro de la mayor o menor estabilidad política del gobierno. La incapacidad se ve a simple vista, al igual que el cansancio y el hartazgo moral de la sociedad que ya no soporta a los malos gobiernos frente a conductas erradas que solo nos asegura un futuro peor y más duro que el presente. La depreciación del peso es un dique roto a punto de estallar, en un país donde todo o casi todo está alcanzado por la cotización de la divisa americana, frente a un peso que cada minuto vale un poco menos. Todo indica que el final, al menos desde la perspectiva económica, será caótico, por más que Alberto y Cristina se empeñen en contarnos medias verdades que encubren grandes falacias. La suerte está echada: “’Alea Iacta Est”, dijo Julio César cuando en el siglo I antes de Cristo cruzó con sus legiones el Rubicón y daba por terminado el Primer Triunvirato al entrar en guerra contra uno de los cónsules de Roma: Pompeyo. La historia se repite. La suerte ya está echada para Alberto Fernández. Derrotado por Cristina, se quiso ir. No lo dejaron. Debe seguir porque es su obligación constitucional. Todo debe tener un final, deseamos que sea el correcto.

¿La venganza de Alberto Fernández será terrible?
Para Cristina, Alberto se apropió de un “gobierno” que no es suyo. Es un traidor que se quedó con algo que no le pertenece: “la lapicera”.
Por Jorge Grispo. Abogado, especialista en Derecho Corporativo, autor de numerosos libros y publicaciones.
Alejandro Dolina es músico, escritor, conductor de radio y televisión. Estudió derecho, música, letras e historia. Principalmente conocido por su clásico programa radial La venganza será terrible. A propósito de éste último, en la apertura contiene varias definiciones, producto de su fina ironía, que pueden ser extrapoladas -con las disculpas del caso- para definir lo que está pasando con el presidente. Dice: “Un ciclo que comenzó hace solo 35 años y ya le están pidiendo resultados”, “… meritócrata aplazado, terraplanista sin horizontes”. “Una pléyade de intelectuales, valientes en la provocación, cautos en la controversia, y fugitivos en la gresca”. “Gritando en Palermo y poniendo los huevos en La Boca”.
El refinado humor de Dolina es útil para encontrar, entre tantas vueltas de la actualidad “nacional y popular”, parecida en sus resultados al de una puerta giratoria, donde todo da vueltas a gran velocidad pero nada avanza, una explicación del camino que está recorriendo Alberto. Con sus actos se asemeja a un meritócrata aplazado y terraplanista sin horizontes. El presidente se fue de paseo por Europa para gritar, emulando al tero, lo que piensa de Cristina (por caso la visión parcializada de las consecuencias de la pandemia, o más duro aún cuando sentenció: debo ser el presidente con menos bienes de la historia) y poner sus huevos en la Casa Rosada. Para tan solo un par de días después decir: no estoy discutiendo con Cristina; no estoy pensando en mi reelección. Se marea a sí mismo.
Dice y se desdice como si fuera algo natural. Tuve que recurrir a la ayuda de mi querido amigo psiquiatra quien lo definió de esta forma: “Un presidente pusilánime sometido a una relación perversa, sadomasoquista y exhibicionista”. En esta línea no es casualidad que el mismo día que se da a conocer el 6% de inflación de abril con un proyectado anual récord, el presidente, pirueta mediante, diga que no está pensando en su reelección, intentando bajar un cambio la disputa con Cristina, avanzando un paso y retrocediendo dos. El problema es que si se baja de la reelección entrega la lapicera, y se condena al ostracismo antes de su tiempo.
Los que vinieron para ser mejores se han convertido en el peor gobierno de nuestra historia democrática. Alberto lleva a la fecha dos años, cinco meses y cinco días en el cargo (no llega a los 35 años del programa de Dolina, récord que sí supera el peronismo a cargo del ejecutivo nacional). Ya es hora de exigirle resultados. La forma en que se negoció el acuerdo con el FMI, la procrastinación en la toma de decisiones, y, por sobre todo, la inviabilidad del modelo económico planteado por el gobierno, han colocado a nuestra empobrecida nación al borde del abismo. Un presidente carente de credibilidad, tildado de traidor y sin poder político que lo sustente, tiene una muy difícil faena en punto a sostenerse y terminar su mandato constitucional. Máxime con Cristina y toda su feligresía abiertamente en su contra.
Luego de que Cristina Kirchner dejara en claro que lo eligió como candidato a presidente porque no tenía poder alguno, agregando que no puede tener una “disputa de poder” porque “no representa ninguna fuerza política”, el presidente se tomó un avión y se fue de tour por Europa en una gira que buscó traer inversiones a un país al que todos ven como “poco serio” y “sin la seguridad jurídica necesaria para hacer inversiones de peso”, en un gobierno parcelado y sin control ni alineamiento alguno.
Alberto y Cristina ven dos realidades distintas y con futuros también diferentes. El presidente está convencido que va por la buena senda y la economía se recuperará, logrando controlar o morigerar la inflación. Cristina, por el contrario piensa que vamos rumbo a una catástrofe económica que la terminará arrastrando por el lodo de la batalla electoral de 2023. A consecuencia de esto, en el gobierno se produce ese efecto puerta giratoria que referíamos antes. Mucho movimiento y ningún avance. La parcelación de los ministerios y las empresas públicas, en una gran cantidad de casos el titular corresponde a una facción política y la segunda línea a otra, genera una parálisis que termina complicando la toma de decisiones y su posterior implementación. Esto lo sufre de manera directa Guzmán y todo el equipo económico que se alineó detrás de un presidente impotente de ordenar a todos.
Alberto, al postularse anticipadamente como candidato a presidente de la nación en 2023, (solo dijo “ahora” que no está pensando en eso, sino en solucionar los problemas de la gente, lo que no es lo mismo que decir que no quiere ser reelecto) no hace ni más ni menos que desafiar a su jefa, la que tuvo la “generosidad” de permitirle elegir a su gabinete económico. La venganza de Alberto a los destratos de Cristina y sus feligreses, es, precisamente su plan para jubilarla, el que anticipamos el 26 de diciembre pasado en este mismo espacio: “No lo dice ni dirá explícitamente, pero todos los actos del Presidente se encaminan en una dirección: ganar sustento propio y alejarse del poder que le permitió sentarse en el sillón de Rivadavia”. A nadie se le puede prohibir que viva sus ilusiones. La reelección luce hoy como una utopía.
Alberto pretende ser valiente en la provocación, cauto en la controversia, y fugitivo en la gresca. Primero grita y provoca -como en sus mejores años de implacable opositor de Cristina- luego dice que lo mal interpretaron o que la prensa exagera sus dichos. Además, si bien sus lanceros económicos salieron a responderle a la vicepresidenta, algunos con bastante dureza, el presidente no tiene previsto, por ahora, una confrontación directa, más allá de los dardos en la cara de Cristina que significaron sus declaraciones ante la prensa internacional, reafirmando su candidatura para 2023 primero, para luego intentar dejarla de lado por el momento. No tiene en cuenta que quizás sea la propia vicepresidenta quien sí tenga previsto ir por más. Descartarlo sería su suicidio político.
El de la “gresca” es un terreno que no lo favorece. Sabe que se diluye el escaso poder que aún le queda: la lapicera, que se ha convertido en su “espada de Excalibur”. La fortaleza de Alberto es el paso del tiempo y la desesperación de Cristina que observa como cada día que pasa se acerca un paso más al abismo. Critica las políticas “inconsultas” de Alberto porque desde su visión, no hacen más que castigar a sus propios votantes (los de ella), la principal preocupación por estos días de la vicepresidenta. Observa, impotente, como Alberto erosiona “su” caudal político. Cristina está atrapada entre sus fantasmas: perder las elecciones de 2023, al mismo tiempo que el Poder Judicial, su monstruo más temido, avanza con las causas que aún tiene pendientes. La foto cortesana de Rosario fue un fuerte mensaje.
Al mismo tiempo, el formato de asedio cristinista es tan previsible como ineficaz en la actualidad. Alberto lo conoce y sabe cómo neutralizarlo. Primero avisa lo que quiere que se haga, luego llegan los mensajeros privados para dejarlo aún más en claro, y posteriormente, si los resultados no aparecen con la velocidad que las circunstancias lo requieren, salen los feligreses a vociferar a fin de que tome estado público, finalmente aparece la caballería, altos dirigentes de La Cámpora, para dar la estocada final. El método solía darle resultado. El problema que tiene Cristina hoy es que le temen menos, porque que tuvo se le está diluyendo. Perdió 5,2 millones de votos en 2021, más el control de las cámaras legislativas. Cristina transita -como todos los que llegaron a la cima- su largo camino del adiós. Va a dar batalla hasta las últimas consecuencias, de eso no hay duda.
A partir de junio todo puede cambiar dependiendo del ritmo de una economía que languidece y no evidencia aún signos vitales claros que arrojen una luz de esperanza para que el presidente tenga algo de que aferrarse. Su estrategia es no confrontar, mostrar gestión, y ver si aparecen resultados. Si éstos no llegan será su fin. A diferencia de Cristina, sobre la cabeza de Alberto no pesan causas judiciales que le quiten el sueño.Tenemos por delante un largo e impredecible año y medio donde cualquier cosa puede suceder.
La venganza de Alberto puede ser terrible en sus consecuencias para Cristina, quien cada día que pasa pierde un poco más de poder. La economía es su espada de Damocles y el que la sostiene es Alberto. Para él, lo peor que le puede suceder es que tenga que hacer las valijas para volver al departamento “alquilado” de Puerto Madero. Cristina lo sabe.

Cristina tóxica: Una clase magistral sobre como transformar la verdad en un juguete
El soliloquio chaqueño de la vicepresidenta fue una estación más en el camino de alejarse de Alberto Fernández.
Por Jorge Grispo. Abogado, especialista en Derecho Corporativo, autor de numerosos libros y publicaciones.
Gente Tóxica, (Bernardo Stamateas, 2011), trata sobre cómo lidiar con las personas que nos complican la vida. Señala el autor que «La culpa es uno de los sentimientos más negativos que puede tener el ser humano y, al mismo tiempo, una de las maneras más utilizadas para manipular a los otros». Una buena lectura para Alberto Fernández en tiempos donde su legitimidad está puesta en “dudas”. Cristina posee un doctorado en el arte de la manipulación, no asume culpa alguna, siempre son ajenas. Culpando a los otros construye su relato. Crítica y deslegitima a su propio presidente, el mismo que ella sentó en el sillón de Rivadavia, ese que no tiene “estructura política propia” y al que le dio “permiso” para elegir su “propio” equipo económico, el mismo que hoy es el blanco de feroces críticas de una vicepresidenta que no integra el Poder Ejecutivo Nacional, como equivocadamente señaló el pasado viernes, en un error de principiante.
Cristina, con su soliloquio salteño, terminó destruyendo lo poco que quedaba de Alberto, quien sólo tiene hoy la “lapicera” (esa que según la Constitución Nacional es la primera “pluma” de la nación), un detalle que deberá resolver junto a su feligresía más dura como el devenido en “lanzallamas” Andrés Cuervo Larroque quien dijo: “El gobierno es nuestro”. No hay mucha diferencia entre decir, “el gobierno es nuestro” con lo que en su momento señaló Fernanda Vallejos: Alberto es un “Okupa”. No son más que el pus que supura de una herida que es más profunda.
Para Cristina y sus feligreses Alberto usurpó el gobierno. Pero lo más grave es que se sienten los dueños del Estado y de sus cajas, este es el problema de fondo. Negó pelearse con Alberto apelando a la definición literal del término (enfrentamiento físico). El Diccionario panhispánico de dudas de la Real Academia Española ubica el concepto en su lugar, que no es precisamente donde lo puso Cristina: Cuando significa ‘luchar o enfrentarse con alguien de palabra u obra’, es intransitivo y suele llevar un complemento introducido por con o contra: «Vos nunca aprendiste bien a pelear con los zurdos» (Pavlovsky Cámara [Arg. 1979]); «Se niega a pelear contra los indígenas» (Cardoza Guatemala [Guat. 1985]). Con ese sentido admite, asimismo, el uso pronominal: «Miguel […] se peleaba con los chicos del barrio» (Steimberg Espíritu [Arg. 1981]).
La gente tóxica, como Cristina, infecta todo lo que toca. Cada aparición pública -calculada hasta el último detalle) produce un sismo. No tuvo reparo de horadar la legitimidad de su propio “presidente” públicamente. Gran oradora, hipnotiza (como nos volvió a demostrar en su “clase magistral) con facilidad a su feligresía, a la que le debe sus “fueros”. Desde hace tiempo su diatriba -tan previsible, como aburrida- suele causar espasmos en un sector cada vez más amplio de la ciudadanía (su imagen negativa evidencia el rechazo que genera). Pareciera que no se da cuenta, o prefiere no hacerlo, para centrarse únicamente en seguir brillando para los suyos. Los otros no existen en su mundo, sus enemigos, en cambio, siempre están presentes. Aburre tanta previsibilidad.
Camila Perochena en su libro “Cristina y la historia” capta muy bien la idea: “Nadie, a fin de cuentas, se ocupa de hablar con insistencia de asuntos que no le interesan. Pero tampoco nadie que ostenta la más alta magistratura se ocupa, de forma reiterada, de temas que no pretende que formen parte de la agenda política”. Precisamente al poner en agenda la falta de poder político de Alberto, Cristina habla realmente de lo que le interesa, olvidándose de que es la máxima responsable del peor gobierno de la historia constitucional argentina, del cual ahora, jugueteando con la verdad, intenta pararse en la vereda de enfrente para sostener el relato del “yo no fui”, “yo no avalé el acuerdo con el fondo”, y “yo no tengo nada que ver con los aumentos de las tarifas y la inflación”, “yo no elegí al equipo económico”. Para Cristina el fracaso de su gobierno es solo de Alberto.
Cristina creó el monstruo y luego le soltó la mano, Alberto Fernández ya tiene colgado el diploma de “traidor a la causa”. Lo grave es que ahora Cristina pretende correrse a un costado de su propio gobierno, dejando a Alberto Fernández a la deriva, debilitado y con muy poco o nulo margen de gobernabilidad (lo que pudimos observar, aplausómetro mediante, en la aparición pública del Capitán Beto en Ushuaia minutos antes de que lo hiciera la Reina Polenta) Si prestamos atención a los soliloquios que nos tiene acostumbrados la vicepresidenta, es factible observar que para ella la verdad es un juguete. La manipula a su antojo. Sale al escenario con su ya previsible guión y, como una rockstar, interpreta su relato magistralmente. Ella siempre tiene razón. Los otros son los que están equivocados. Su show, nacional y popular, es el que sostiene la base de feligreses que creen ciegamente en todo lo que salga de su boca. Lo sabe y se aprovecha. Sus fueros son sagrados y no los va a perder por nada del mundo. Al igual que las jubilaciones de privilegio, las dietas y todo el séquito que la acompaña, obviamente pagado por los contribuyentes. Una vida de lujo y riqueza, como la de aquellos “ricachones” que tanto detesta. Cuando la verdad es un juguete, la hipocresía es la reina.
Como huele la derrota en 2023, percepción que se acelerará seguramente con el correr de los días, los aumentos de las tarifas, y la inflación que no da tregua, ya se anticipó. Primero mandó a su principito a romper el bloque oficialista en la Cámara de Diputados, luego se apartó testimonialmente de todo lo que tuviera que ver con la aprobación del acuerdo con el FMI, para no quedar con los dedos manchados. Acto seguido dividió simuladamente el bloque oficialista en la Cámara de Senadores en dos por una silla más en el Consejo de la Magistratura. Ahora sale con los tapones de punta a deslegitimar a un presidente elegido democráticamente, pero que, para ella, es un traidor y merece ser tratado como tal. De solucionar los problemas del ciudadano de a pie ni hablar. Pueden esperar. Solo le interesa que la voten e instalar de manera definitiva la pelea contra el Poder Judicial el cual quiere reformar a como de lugar. Le teme y no esconde sus miedos.
Cristina se ha convertido en una persona tóxica. Estamos a 15 meses de las próximas PASO y a 18 de las elecciones presidenciales. La pregunta que lanzó por sus redes no es producto del azar sino un misil teledirigido a la Casa Rosada: “¿Cómo íbamos a hacer para gobernar el país después de la crisis de 2001 con apenas el 22% de los votos? Mi respuesta fue única y categórica: nos íbamos a legitimar gobernando… porque se podía ser legítimo y legal de origen y no de gestión.” Es lo mismo que afirmar: Alberto perdió legitimidad por gobernar mal. Cristina no ignora el daño que causan sus palabras, son dardos envenenados dirigidos con suma precisión al corazón de Alberto. Es una afirmación tan desestabilizadora como tóxica, postrando aún más al Presidente que ella “creó” de la nada, como reconoció públicamente en su “clase magistral”.
Su frase: “No le estamos haciendo honor a tanta confianza, tanto amor y tanta esperanza que depositaron en nosotros”, importa tanto como reconocer que el gobierno del Frente de Todos ya es un fracaso consagrado del que no hay retorno posible. Nuevamente para Cristina la verdad es su juguete preferido. Juega con ella amasándola como plastilina para darle la forma que quiere, dependiendo de lo que necesite en cada momento. Sabe que está horadando al presidente, lo debilita y lo arrincona. Pero se olvida que la “lapicera” legalmente hablando es de Alberto. Son las reglas de juego que ahora, con un nuevo relato sobre legitimación legal vs. legitimación por gobernar, pretende imponer sus designios.
El Gobierno de Cristina y Alberto es tan malo que termina convirtiendo a sus ministros en gerentes de la pobreza. Cuando se manipula la verdad con la pretensión de hacer a todo el pueblo rico en poco tiempo, sólo logra hacerlos más pobres. Es la diferencia entre gobernar para ganar una elección y hacerlo para la próxima generación. Quizás esta sea la deuda que la historia le reclame a una ex presidenta que tuvo todo lo necesario para sacar a su nación de la pobreza, pero la terminó destruyendo. Cristina es la responsable de que tengamos un presidente debilitado y sin credibilidad como Alberto Fernández. Y será la responsable de sostenerlo en el cargo hasta el 10 de diciembre de 2023, le guste o no. Hablando gente tóxica: El problema surge cuando decidimos quién nos acompañará mucho antes de tener claro adónde queremos llegar.
